Derechos

Dr. Jorge Gutiérrez Alfonzo

El maestro Alfonso Monterrosa, de nuevo, se reúne con sus amigos para comentar la temática del mes sugerida en la revista, a la misma hora y en el mismo lugar. Empieza a recordar cómo los dispositivos electrónicos fueron haciéndose presentes en los hogares de la República Mexicana, bueno, en algunos hogares; no en todos porque existe un gran abismo entre los hogares de la clase media y los de la clase baja.

Se hizo frecuente que en los hogares la televisión absorbiera el tiempo de los miembros de la familia; y con ello, las horas frente al televisor condicionaron la vida familiar. El maestro recalca que en los años setenta la transmisión del único canal de televisión que se captaba en el pueblo iniciaba a las dos de la tarde; así ocurría en esta región fronteriza, en donde la señal no llegaba a todas las localidades.

El primer programa era la primera edición del noticiero, con noticias sobre sucesos en la República Mexicana y en el mundo. Se cerraba transmisiones a las doce de la noche. Sólo diez horas de teledifusión. Después de ese tiempo, sólo se recibían barras o simplemente había estática que indicaba que no había señal. Llegó el momento en que la señal empezó a recibirse a las siete de la mañana: diecisiete horas de transmisión, que luego se convirtieron en veinticuatro. Claro, era perceptible que había programas de relleno, programas grabados en algún horario, que no estaban en vivo.

Debe tenerse en cuenta que no se podía estar atento a todos los programas. Tenías el derecho de ver lo que te gustaba. La televisión tuvo tanto auge que se llevó a la escuela. Surgieron las telesecundarias y los telebachilleratos, cuya práctica en el aula se basaba en tener prendido el televisor siete horas en promedio. Aquí puede surgir una idea para regular el uso del celular.

En el aula existirá señal solamente para acceder a plataformas educativas; se bloquearía la disponibilidad de las redes sociales, todas. Pero surge una pregunta: ¿y dónde quedaría el derecho a estar comunicado? Y es que la restricción tendría que darse para los dos participantes en el proceso educativo: alumnos y maestros, y, por qué no, se podría incluir también a los directivos en esta restricción; esto es, ya no podrían mandar mensajes en el horario de clases. Posiblemente, en la hora de receso podría activarse la señal para no quedar alejados del mundo cibernético. 

Así como la televisión incrementó el horario en que se podía ver en casa, así también los teléfonos móviles fueron capturando las horas de sus usuarios, quizás más rápidamente que la televisión. Llegó el momento en que los teléfonos fueron instalados en el carro, después se inventó un dispositivo que te indicaba que una persona te estaba localizando, el siguiente avance fue el poder hablar por teléfono en cualquier lugar, y mandar mensajes cortos. El “peligro” se presentó cuando al teléfono móvil se le colocó una pantalla. Hoy, con el registro de las líneas telefónicas, se tendría un motivo excelente para estar comunicados como hace treinta años. No se estaba mal, simplemente se trataba de vivir alejado de lo inmediato. Las noticias las escuchabas en la televisión o radio, en tu casa u oficina.

El doctor en educación Juan Alberto Calderón, amigo del maestro Alfonso, comenta en esta plática que “el ser humano ha aprendido a adaptarse a los retos y cambios de una vida futurista y posmoderna, pasando por ejemplo de un humanismo filosófico a un transhumanismo tecnológico. Los seres humanos hemos cambiado y modificado muchas cosas, desde la vida hasta las diversas formas de comunicarnos, de aprender o de ver el sentido de la vida; actualmente, las tecnologías ocupan gran parte de nuestro espacio y tiempo, al punto que ha modificado la forma en la que se enseña y se aprende. Hoy es común ver a un profesor llegar al aula y apoyarse en herramientas digitales para tener a la mano toda la información que deberá verter en una clase, además de que actualmente es un reto para el profesor el tener conocimiento de los recursos digitales e incluso recibiendo el nombre de analfabetas digitales para quienes desconozcan el uso de dichos dispositivos”. El doctor cita a José Corica, quien en su libro Currículo y nuevas generaciones lleva al lector a un recorrido sobre cómo las generaciones han evolucionado en la forma de aprender y sin duda las tecnologías cobran una gran importancia en esta revolución digital y de aprendizaje.

El doctor Juan expresa que hoy podemos observar cómo los alumnos pueden almacenar en sus dispositivos bibliotecas completas y que además del acceso a dichas bibliotecas digitales, también tienen a la mano plataformas como Classroom, mil aulas, Team, entre otras. y pueden compartir información de forma muy rápida o qué me dicen de participar en una conferencia que se está llevando en vivo a miles de kilómetros, solo basta conectarse y participar o de tener acceso a una clase en YouTube; es fascinante la forma en que se pude tener acceso a dichas herramientas y aprender del tema que se desee. Y lanza la pregunta que sorprende a todos los que participan en la plática: “¿Por qué si tenemos todas las herramientas digitales aparecemos en los últimos lugares de aprendizaje, comprensión lectora o de conocimiento general en los estudios de las Naciones Unidas?”, y agrega: “Esta pregunta nos invita a reflexionar sobre la forma en que estamos usando las tecnologías, o bien, la falta de regulación en el uso de éstas, éste es el gran tema: “la regulación de las herramientas digitales”.

Ahora, si el problema es la regulación, el nuevo cuestionamiento debería ser qué regulamos. Y una vez que se haya detectado lo que debe regularse, definir cómo lo regulamos. El maestro Alfonso hace otras preguntas: ¿Cómo medimos la higiene mental, la higiene pedagógica? ¿Qué nivel sería el punto de partida? ¿Quién sería el encargado de realizar dichas mediciones? La maestra Lupita Thomas, quien también participa en la plática indica que “va a suceder lo mismo que ocurrió con la comida chatarra; aquí en la escuela se prohíbe y en su casa la consumen”. Exacto, dice el maestro Monterrosa, es en la casa donde se debe restringir el uso del celular. No puede ser que el papá y la mamá estén toda la tarde con el celular en la mano, la televisión prendida y que al hijo se le prohíba usar continuamente el celular. ¿Para qué restringir su uso en la escuela, si el alumno llegará desvelado de casa por estar usando hasta altas horas de la noche su dispositivo electrónico? Los tres amigos que conversan sobre el tema de la revista concuerdan con que son los contenidos en las redes sociales los que deben restringirse. Lo que hace daño a la higiene mental y pedagógica es lo que se ve y escucha de manera constante. Así que la propuesta de los tres amigos es que se restrinjan los contenidos en las redes sociales. ¿Y dónde queda el derecho al uso de las TIC’s?


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