Lic. Arturo René Alvarado Martínez
Lic. Fátima Araceli Reyes García
En la actualidad, el uso de dispositivos móviles es constantemente cuestionado debido a su presencia prácticamente permanente en nuestra vida cotidiana. Los utilizamos para comunicarnos, trabajar, entretenernos y buscar información; incluso dentro de las aulas se han convertido en compañeros habituales de los estudiantes. Esta situación también ha generado preocupación entre los docentes, quienes comienzan a desconfiar de algunos trabajos académicos ante la facilidad con la que hoy es posible obtener respuestas inmediatas o generar textos completos mediante inteligencia artificial.
Sin embargo, quizá el problema no sea el dispositivo móvil en sí mismo.
Durante las primeras décadas de expansión de la tecnología digital, el acceso a dispositivos e internet era mucho más limitado. Resolver una duda implicaba recurrir con mayor frecuencia a libros, bibliotecas, apuntes, docentes o compañeros. Buscar una respuesta requería tiempo: leer, comparar, preguntar, equivocarse y volver a intentar. Actualmente, buena parte de ese proceso puede reducirse a unos cuantos segundos frente a una pantalla.
Esto no significa que antes se aprendiera mejor ni que las nuevas generaciones sean menos capaces. Significa que las condiciones han cambiado: hoy podemos obtener una respuesta incluso antes de haber intentado construirla.
Es aquí donde surge una pregunta fundamental: ¿para qué utilizamos la tecnología?
Preguntarnos “¿para qué?” nos conduce al terreno de la filosofía, pues implica hablar de fines. Pero nuestros fines no aparecen de manera aislada; están relacionados con aquello que consideramos valioso. Milton Rokeach entiende el valor como una creencia duradera acerca de que determinado modo de conducta o estado final de existencia resulta preferible frente a otro.
Los valores, además, no solamente se declaran: se manifiestan en nuestras decisiones. Podemos decir que valoramos el aprendizaje, la honestidad o la responsabilidad, pero nuestras elecciones muestran la importancia real que les otorgamos.
Entonces, ¿qué tienen que ver los valores con un teléfono celular dentro del aula? Para Aristóteles, el fin —telos— es aquello hacia lo cual se dirige una acción, aquello “en vistas de lo cual” hacemos algo. Desde esta perspectiva, los recursos deberían encontrarse subordinados a los fines: utilizamos algo porque nos permite alcanzar aquello que buscamos.
En educación sucede lo mismo. Un libro es un recurso. Un pizarrón es un recurso. Una biblioteca es un recurso. Un teléfono celular también puede serlo. Incluso la inteligencia artificial puede constituirse como un recurso educativo.
El problema aparece cuando confundimos el medio con el fin.
Pensemos en un estudiante que debe elaborar un ensayo. Puede utilizar su teléfono para consultar artículos, contrastar autores, buscar conceptos desconocidos o revisar la claridad de aquello que escribió. En este caso, la tecnología funciona como un recurso al servicio del aprendizaje.
Pero también puede pedir a una inteligencia artificial que genere todo el ensayo, copiarlo, entregarlo sin comprenderlo y obtener una calificación aprobatoria.
El dispositivo es el mismo. La tecnología es la misma. Lo que cambió fue el fin.
En el primer caso, la tecnología se utiliza para aprender; en el segundo, para obtener una calificación. La elección revela también una jerarquización de valores: ¿qué resulta más importante, aprender o aprobar?, ¿desarrollar una capacidad o aparentar que ya se posee?, ¿encontrar una respuesta o aprender a construirla?
Por ello, la discusión sobre los dispositivos móviles en las aulas no debería reducirse a permitirlos o prohibirlos. El verdadero problema educativo se encuentra en el propósito con el cual se utilizan.
Cuando un estudiante recurre inmediatamente a su teléfono antes de intentar recordar, razonar, leer o resolver un problema, la preocupación no debería centrarse únicamente en la pantalla que sostiene entre sus manos. También deberíamos preguntarnos qué procesos intelectuales estamos dejando de ejercitar.
Pensar requiere esfuerzo. Leer requiere tiempo. Comprender implica detenerse. Equivocarse puede resultar incómodo. Una respuesta inmediata permite evitar muchas de estas experiencias, pero precisamente varias de ellas forman parte del aprendizaje.
El riesgo, entonces, no consiste únicamente en que los estudiantes utilicen demasiado el celular. Surge cuando comenzamos a sustituir de manera constante la memoria, el razonamiento, la interpretación, la argumentación y la resolución de problemas por respuestas externas inmediatas.
Además, esta situación trasciende al individuo. Cuando una práctica se reproduce cotidianamente entre miles de estudiantes, puede adquirir una dimensión social. La educación no tiene como único propósito aprobar asignaturas; busca también formar personas capaces de analizar información, cuestionarla, argumentar, tomar decisiones y resolver problemas.
Por ello, quizá necesitamos dejar de preguntarnos solamente si los dispositivos móviles deberían estar dentro o fuera del aula.
La pregunta verdaderamente importante es: ¿al servicio de qué fin los estamos utilizando?
La tecnología ofrece posibilidades educativas extraordinarias. Permite acceder a bibliotecas, consultar diferentes perspectivas, comunicarnos, investigar y crear. No tendría sentido negar estas posibilidades ni pretender regresar a una educación alejada de los avances tecnológicos.
Pero una herramienta debería seguir siendo una herramienta. Cuando el dispositivo piensa para evitar que pensemos, escribe para evitar que escribamos y responde para evitar que intentemos comprender, el recurso comienza a ocupar el lugar del fin.
La educación no debería tener como propósito formar estudiantes capaces de obtener respuestas con mayor rapidez, sino personas capaces de comprenderlas, cuestionarlas y utilizarlas.
El debate, entonces, no debería ser tecnología contra educación. El verdadero desafío consiste en recordar cuál es el fin educativo y devolver al dispositivo móvil el lugar que le corresponde: ser un recurso para alcanzarlo, nunca un sustituto del proceso de aprender.
Referencias
Aristóteles. (1954). Ética Nicomáquea (A. Gómez Robledo, Trad.). Universidad Nacional Autónoma de México. https://filosevilla2012.wordpress.com/wp-content/uploads/2014/10/etica-a-nicomaco-cepc-bilingue-aristoteles.pdf
Grimaldo Muchotrigo, M. (2006). Escala de jerarquía de valores de M. Rokeach, forma E. Universidad de San Martín de Porres. https://www.researchgate.net/publication/266260284_Escala_de_Jerar quia_de_Valores_de_M_Rokeach_forma_E? Palacios Navarro, S. (1997). Los valores humanos y la comprensión de la desobediencia civil. Revista de Psicodidáctica, 3, 113–131

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