Desconectar para reconectar

Mtro. Diego Isidro Díaz Pérez

La constante presencia de pantallas o dispositivos digitales son parte de nuestra vida, son necesarios porque a través de ellos realizamos muchas de las actividades de nuestro día a día; en los centros educativos no es la excepción. Su irrupción ha sido de gran utilidad para agilizar y profundizar en ciertas actividades en los últimos años en cualquier nivel educativo. La tecnología en los centros educativos, en este sentido, fue una promesa de innovación pedagógica que se he convertido en uno de los más grandes retos de la actualidad. La tecnología ofrece accesos importantes a la información; sin embargo, la falta de límites claros e institucionales sobre el uso de teléfonos inteligentes, computadoras o tabletas en el entorno escolar ha fragmentado la atención, alterado los procesos reflexivos de aprendizaje y afectando el bienestar emocional de la comunidad estudiantil.

En este contexto, regular el uso personal y educativo de dispositivos en las instituciones de educación de cualquier nivel no es una postura restrictiva, tampoco un retroceso normativo, lo entiendo como una medida indispensable de la higiene pedagógica y mental para proteger la socialización humana y la experiencia cognitiva dentro de la escuela.

El cerebro humano no está configurado para el estado de hipervigilancia e interrupción continua que generan las notificaciones intermitentes de los dispositivos que usamos, así como de las redes sociales o los estímulos digitales. La presencia de un teléfono celular sobre la mesa o en el bolsillo, aun cuando se encuentre en modo silencioso o apagado, puede generar una carga cognitiva que resta la capacidad a la memoria de trabajo, lo cual lleva a reducir la habilidad de resolución de problemas complejos.

Algunos análisis globales sobre políticas públicas en educación, como los presentados por la UNESCO en su Informe de seguimiento de la educación en el Mundo (GEM Report, 2023), advierten que la proximidad constante a dispositivos móviles distrae al estudiantado de su entorno de aprendizaje y repercute de manera directa en el rendimiento académico. La UNESCO (2023) subraya que los beneficios de la tecnología se concretan cuando se supedita a objetivos pedagógicos rigurosos, no cuando invade indiscriminadamente el tiempo escolar. Diversos países que han aplicado normativas de restricción han documentado mejoras en el clima escolar y en la capacidad de concentración sostenida dentro de las aulas.

Investigaciones académicas como al artículo Uso problemático de las TIC en adolescentes (Díaz-Vicario et al. 2019), se analiza la prevalencia del uso problemático de tecnologías en jóvenes; el estudio demuestra cómo la exposición sin control a pantallas y redes sociales correlaciona directamente con alteraciones en el patrón de sueño, síntomas de ansiedad, así como una progresiva dificultad para la interacción afectiva cara a cara, lo que refuerza la necesidad de intervenciones regulatorias en las instituciones educativas.

Es por ello que instaurar una higiene pedagógica requiere recuperar el valor del silencio, la pausa analógica y los momentos de desconexión. En este sentido, la formación del pensamiento crítico demanda estados de concentración profunda, tiempo para la contemplación, y oportunidades para procesar ideas sin la urgencia de una respuesta inmediata.

Dentro de este sistema analógico o manual, que se busca preservar, por ejemplo, la escritura a mano ocupa un lugar insustituible, así como el dibujar, leer en papel, así como cualquier otra actividad que nos acerque a la creatividad, la reflexión y la concentración. Con frecuencia se asume de manera errónea que sustituir el lápiz por el teclado es un cambio de herramienta neutral; no obstante, la investigación científica demuestra que los procesos cerebrales involucrados son radicalmente distintos. (Díaz-Vicario et al. 2019), por tanto, esto quiere decir que la motricidad final y la escritura manual en el desarrollo de los procesos cognitivos son indispensables en cualquier edad y etapa de aprendizaje.

No hay que olvidar que la escritura manuscrita involucra activamente circuitos sensoriales y cognitivos complejos que facilitan la codificación semántica, así como la retención conceptual, es decir, al escribir a mano, el estudiantado se ve obligado a realizar un trabajo de síntesis y elaboración interna en tiempo real, lo que fortalece la memoria a largo plazo y la estructuración del pensamiento abstracto. Por el contrario, el tecleo en pantallas promueve una transcripción literal y superficial de la información que evade el procesamiento cognitivo profundo.

Para comprender la magnitud de la regulación digital, es preciso contrastar en detalle la dinámica de un aula desregulada frente a una con pautas de higiene pedagógica a través, de lo que considero cuatro dimensiones fundamentales. En primer lugar, debemos de pensar que los entornos sin regulación tienen la característica de una atención fragmentada, si de por sí ya es complejo que el estudiantado preste atención de manera sostenida, las constantes interrupciones impiden la inmersión conceptual. Por otro lado, un entorno regulado favorece la concentración sostenida, lo cual abre un espacio para el análisis crítico de textos.

En segundo lugar, considero que el uso indiscriminado de dispositivos tiende a reducir la actividad mental y al consumo rápido de datos. En contraposición, la regulación prioriza la escritura manuscrita activa y la elaboración de mapas conceptuales propios, garantizando que el cerebro reestructure la información antes de fijarla en la memoria, es decir, que revise un poco más aquello que entendió y que está elaborando. En tercer lugar, la presencia constante de pantallas genera aislamiento individual dentro del grupo, incrementa los niveles de ansiedad social y reduce, en varios casos, las relaciones a través de entornos virtuales. Al regular los dispositivos en las escuelas, se restaura la socialización espontánea, el dialogar, el discutir, así como el desarrollo de la empatía interpersonal.

Por último, un modelo saturado de aparatos electrónicos expone al estudiantado a una fatiga cognitiva crónica por sobreestimulación e hipervigilancia de notificaciones, es por ello que la regulación propone entornos con espacios de pausa, silencio y reducción del estrés situacional; esto permite un equilibrio óptimo para el bienestar psicológico.

Ante esta encrucijada en la cual se encuentra la sociedad y la escuela, se hace necesario regular el uso de pantallas sin caer en prohibiciones que no eduquen para la vida posterior. Para esto se debe mejorar en el manejo de dispositivos, es importante que el docente sepa organizar los espacios de uso y que tenga de manera clara y definida los espacios didácticos de dispositivos dentro de su clase.

En los últimos meses, cada más se aborda este tema en los gobiernos y en los centros educativos. Algunos países han comenzado a restringir el tiempo de uso los dispositivos, por lo menos, dentro de los centros educativos; esto me parece adecuado, ya que tanto las infancias, las juventudes, los centros educativos, y en general, la sociedad necesita aproximarse de una manera más significativa a la tecnología conociendo los beneficios, pero también sus posible daños, asimismo, es indispensable dentro de esta reflexión resignificar las actividades mentales y manuales sin asistencia tecnológica.

Bajo este orden de ideas, sería interesante establecer momentos dentro de la jornada escolar de lectura sostenida en formato impreso, así como buscar espacios de escritura a mano, lo cual permita ejercitar de manera sistemática la reflexión y el acercamiento a ideas abstractas.  De igual forma, considero que es importante garantizar que el tiempo de receso, descanso o alimentación exista una política que promueva espacios 100% libres de pantallas con el fin de desarrollar habilidades blandas, el movimiento físico y el descanso sensorial. 

Un pilar de lo anterior se puede lograr con la puesta en escena de talleres de alfabetización digital que deban ser tomados por las y los docentes, el estudiantado y en ciertos niveles educativos por las familias. En estos, se puede abordar temas como la atención, la gestión del tiempo frente a pantallas, así como el impacto del consumo digital en la salud mental, porque siendo sinceros, de esto se habla poco en los centros educativos.

Para concluir, considero que regular el uso de dispositivos en la educación no es prohibir, tampoco es ir en contra de las habilidades que exige la vida en el siglo XXI, es más bien una forma de garantizar que el estudiantado tenga una experiencia educativa guiada en el cual se desarrollen todas sus facultades mentales, sociales, físicas y afectivas que lo llevarán a ser una persona sensible de su entorno y los problemas del contexto.


Referencias:

UNESCO (2023): Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo 2023: ¿Un término en qué condiciones? La tecnología en la educación. París, UNESCO.

Díaz-Vicario, A., Mercader, C. y Gairín, J. (2019). Uso problemático de las TIC en adolescentes. Revista Electrónica de Investigación Educativa, 21, e07, 1-11. doi:10.24320/redie.2019.21.e07.1882


Sobre CONEDUCA 1973 artículos
La "Revista Edurama” es una publicación de CONEDUCA S.C. Tiene como objetivo el que académicos de diversas áreas y de diferentes perfiles, puedan desarrollar y compartir sus diversas experiencias, convirtiéndola así en un espacio de reflexión y de interés para todos aquellos interesados de los temas actuales que atañen la educación. CONEDUCA, es una empresa mexicana dedicada a apoyar a las as Instituciones de Educación en su mejora continua y su excelencia académica. Se encuentra conformada por académicos reconocidos a nivel nacional, personal altamente comprometido. Siempre con un alto sentido ético y social, pero sobre todo lo que distingue a CONEDUCA es su competitividad a nivel nacional.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion