Desconectar para aprender: regulación de dispositivos digitales y bienestar en las instituciones educativas

Dra. Judith del Carmen Chan Vazquez

La presencia de teléfonos inteligentes, tabletas y otros dispositivos digitales en las instituciones educativas se ha convertido en una realidad cotidiana. Estas herramientas ofrecen importantes posibilidades para investigar, comunicarse, acceder a recursos educativos y desarrollar competencias digitales; sin embargo, su utilización permanente también representa un desafío para la atención, la convivencia y el bienestar de las y los estudiantes.

Ante esta realidad surge una pregunta fundamental: ¿regular el uso de dispositivos en las instituciones educativas constituye una medida necesaria para favorecer una higiene mental pedagógica? La respuesta no debe plantearse desde una perspectiva de prohibición absoluta, sino desde la necesidad de establecer límites pedagógicos que permitan aprovechar la tecnología sin que esta interfiera con el aprendizaje y las relaciones humanas.

La UNESCO (2023) señala que la tecnología puede contribuir significativamente a la educación cuando su utilización responde a objetivos pedagógicos claros. Sin embargo, advierte que su incorporación no debe desplazar la interacción humana ni convertirse en un fin por sí misma.

El dispositivo digital: herramienta educativa y fuente de distracción

El teléfono celular representa una herramienta con múltiples posibilidades educativas. Puede utilizarse para consultar información científica, acceder a plataformas educativas, desarrollar actividades interactivas, utilizar aplicaciones especializadas y facilitar la comunicación académica. Por ello, excluir completamente la tecnología del aula significaría desaprovechar recursos importantes para la educación contemporánea.

El problema aparece cuando el uso del dispositivo no responde a una finalidad educativa. Las notificaciones, redes sociales, videojuegos y mensajes pueden interrumpir constantemente la atención del estudiante. De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE, 2023), aproximadamente tres de cada diez estudiantes reportaron distraerse con dispositivos digitales durante las clases de matemáticas en los países de la OCDE. Además, quienes experimentaban distracciones frecuentes obtuvieron resultados académicos inferiores.

Estos datos permiten comprender que el problema no necesariamente es la tecnología, sino el uso que se hace de ella y la dificultad para autorregular su utilización. Un estudiante puede encontrarse físicamente dentro del aula, pero cognitivamente estar concentrado en una conversación digital o en contenidos ajenos al proceso educativo.

¿Prohibir o regular?

La prohibición absoluta de los dispositivos puede parecer una solución sencilla; sin embargo, desde una perspectiva educativa resulta insuficiente. La escuela no solamente debe controlar conductas, sino desarrollar competencias que permitan a las personas desenvolverse responsablemente en la sociedad.

Por esta razón, resulta más pertinente hablar de regulación inteligente. Esto implica establecer momentos y condiciones específicas para utilizar los dispositivos. Durante una actividad de investigación pueden ser herramientas indispensables; durante una evaluación, una exposición o una discusión grupal pueden convertirse en distractores.

La regulación debería establecer claramente cuándo, cómo y para qué pueden utilizarse. También debe contemplar situaciones de emergencia, necesidades específicas de estudiantes con discapacidad y actividades académicas que requieran recursos digitales.

Desde esta perspectiva, la norma institucional deja de ser únicamente disciplinaria y adquiere una función formativa: enseñar al estudiante a identificar cuándo la tecnología favorece su aprendizaje y cuándo debe desconectarse de ella.

Hacia una higiene mental pedagógica

La expresión higiene mental pedagógica puede entenderse como la generación de condiciones que favorezcan la concentración, la autorregulación, la convivencia, el descanso y el bienestar emocional necesarios para aprender.

La atención constituye uno de los recursos esenciales para el aprendizaje. Por ello, crear momentos libres de dispositivos puede favorecer actividades que requieren concentración profunda, lectura, diálogo, pensamiento crítico y convivencia presencial.

La regulación también puede contribuir a recuperar espacios de interacción humana. Conversar con compañeros, escuchar activamente al docente, participar en una discusión o resolver un problema de manera colaborativa son experiencias que no deberían ser desplazadas por la conexión permanente.

La discusión adquiere mayor relevancia considerando que organismos internacionales han comenzado a prestar atención al impacto de los dispositivos sobre el bienestar de niñas, niños y adolescentes. La UNESCO (2026) señala que cada vez más sistemas educativos están implementando restricciones al uso de teléfonos móviles durante la jornada escolar, aunque también reconoce que el debate continúa abierto respecto a cuál es la mejor forma de aplicar estas políticas.

Por tanto, una institución educativa debe buscar un equilibrio entre conectividad y desconexión, innovación y concentración, tecnología y humanidad.

El papel del docente

El docente tiene un papel fundamental en este proceso. Su función no debe reducirse a vigilar quién utiliza o no el teléfono, sino a formar estudiantes capaces de utilizar responsablemente la tecnología.

Esto requiere incorporar estrategias de ciudadanía digital, pensamiento crítico, protección de datos, manejo de distracciones y autorregulación. También es recomendable que las reglas sean conocidas y comprendidas por toda la comunidad educativa.

Una estrategia pertinente consiste en establecer acuerdos de aula. Por ejemplo, determinar momentos en los que los dispositivos deben permanecer guardados y otros en los que pueden utilizarse con una finalidad académica. La participación de los estudiantes en la construcción de estos acuerdos puede favorecer mayor responsabilidad y compromiso.

En educación superior, esta perspectiva adquiere especial importancia. Los futuros profesionales utilizarán constantemente herramientas digitales, por lo que deben aprender no solamente a utilizarlas, sino también a reconocer cuándo su uso puede afectar la atención, la comunicación o la seguridad.

La regulación del uso de dispositivos digitales en las instituciones educativas puede ser una medida necesaria para favorecer una higiene mental pedagógica, siempre que no se convierta en una prohibición indiscriminada. La evidencia señala que los dispositivos pueden generar distracciones y afectar la atención cuando su utilización carece de propósito educativo; al mismo tiempo, representan herramientas valiosas cuando se emplean de manera intencional y responsable (OCDE, 2023; UNESCO, 2023).

Por ello, el desafío de las instituciones educativas no consiste en eliminar la tecnología, sino en enseñar a convivir responsablemente con ella. Regular significa establecer límites que permitan proteger la atención, favorecer la convivencia y recuperar espacios de interacción humana sin renunciar a los beneficios de la innovación.

En este sentido, una verdadera higiene mental pedagógica implica aprender a conectarse cuando la tecnología ayuda a aprender y desconectarse cuando la experiencia humana necesita ocupar el primer lugar. La educación del futuro no será aquella que utilice más dispositivos, sino aquella que logre utilizarlos con mayor sentido, equilibrio y humanidad.


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