Mtro. Diego Isidro Díaz Pérez
En la actualidad pensar en la educación en nuestro país nos obliga a reconocer que no se trata únicamente de un sistema educativo ni de un conjunto de políticas que tienen el fin de mejorar indicadores académicos. Es antes que nada una práctica social que tiene una gran influencia en la forma en la que una sociedad se entiende e interpreta a sí misma. Razón por la cual, me parece que reducirla a una simple transmisión de conocimiento resulta insuficiente. En este sentido, entiendo por educar el asumir un compromiso ético y social con la formación y transformación de personas que sean capaces de habitar este mundo de manera crítica.
En nuestro país, México, atravesado por diferentes brechas sociales, económicas y culturales, la educación no debe limitarse a reproducir conocimientos presentados como neutros, naturales o universales, mientras se dejan de lado la experiencia y las condiciones concretas de las y los estudiantes. En este sentido, cuando la escuela se vuelve en un espacio de memorización y repaso de conceptos descontextualizados corremos el riesgo de perder una buena parte del sentido y los fines de la educación del siglo XXI. Lo anterior, es evidente tanto en escuela públicas como en privadas, de cualquier grado escolar, ya que en muchas ocasiones nos se toman en cuenta los contextos sociales del alumnado.
Desde esta posición, educar es abrir un espacio donde la experiencia cotidiana del estudiantado tenga un lugar dentro del proceso de aprendizaje, para que aquello que tenga un lugar mucho más representativo en su vida. Las difíciles preguntas que puedan surgir de su contexto, la violencia, las desigualdades, el racismo o las brechas entre lo rural y urbano de México, difícilmente debería de quedar fuera de la reflexión educativa. Son, justos, estas realidades que deben ser problematizadas para que podamos reflexionar en torno a la idea de que el conocimiento es una herramienta y una oportunidad de interpretar la realidad y actuar en ella desde una postura crítica e incluyente.
Los programas educativos y las pedagogías en la escuela mexicana han reproducido lógicas jerárquicas en las que el saber y la experiencia importante parecer residir en quien enseña; bajo esta mirada, el estudiantado aparece como receptor pasivo de información, es decir, son sujetos donde su experiencia de vida no tuviera un significado dentro del proceso de enseñanza. En cambio, cuando el proceso educativo y la práctica docente se construye sobre diálogos horizontales, respeto y participación, la lógica vertical, jerarquía, se desplaza, y es en este punto donde la experiencia, la memoria, y las preguntas de quienes somos, se convierten en puntos de partida en el al aprendizaje.
Esto implica una gran sensibilización de las diferentes personas que integran el proceso educativo, ya que a menudo se olvida que las personas no llegan a la escuela vacías de conocimiento; llegan con historias familiares complejas, cosmovisiones, saberes comunitarios y experiencias marcadas por la migración, la violencia y el olvido. Un ejemplo, de esto lo podemos encontrar en un país tan diverso como México, donde los saberes de muchos pueblos indígenas y afrodescendientes han sido históricamente relegados por el sistema educativo.
Bajo este punto, es importante mencionar que, durante décadas, buena parte de la escuela en América Latina ha privilegiado modelos de conocimientos relacionados con tradiciones europeas, lo cual ha consolidado la jerarquización antes expuesta. De esta forma, se ha dejado fuera las experiencias de mujeres, comunidades afrodescendientes, pueblos originarios y otras personas históricamente racializadas.
A partir de lo anterior, pienso que cuestionar estas jerarquías forma parte de la función social de la educación. En este siglo, no se trata de rechazar el conocimiento académico occidental, sino de reconocer que no es el único marco desde el cual se puede comprender y hablar de la realidad. Hay muchas otras visiones que se ajustan mucho más a nuestro contexto y realidad y que deberían de tomarse en cuenta. Dicho de otro modo, cuando la escuela se abre al diálogo con otros saberes y experiencias, el aprendizaje se vuelve más complejo, y más cercano a la vida social, en este el del mexicano y la mexicana.
A mi juicio, una educación comprometida con el desarrollo social difícilmente puede permanecer indiferente frente a estas condiciones de vida que se tienen en el país. Cuando los centros educativos guardan silencio antes las violencias y las injusticias estructurales de la sociedad, se corre el riesgo de contribuir a su normalización.
En este escenario, hablar de la responsabilidad social de la educación implica reconocer que educar es, inevitablemente, un acto político porque toda práctica educativa influye en la manera en que las personas comprenden su lugar en el mundo como individuos y su capacidad para transformar el espacio que habitan de manera colectiva.
En un país tan complejo como México, marcado por profundas desigualdades, y a su vez con múltiples formas de resistencia, las aulas tienen que convertirse en uno de los espacios más seguros y necesarios para cuestionar el orden existente y crear, por lo menos imaginar, otras formas de vida.
Por último, reafirmo que educar implica algo más que preparar individuos para adaptarse a la sociedad tal como está, el reto radica en formar personas capaces de preguntarse por las estructuras que la sostienen y por las posibilidades de transformarla.

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