Mtro. Guillermo Márquez García
Dra. Dora María Lladó Lárraga
Desde hace años, hay una idea que, en lo personal, fue cobrando fuerza poco a poco: el tiempo es, posiblemente, el recurso más importante que tiene una persona y, a la vez, uno de los menos valorados. Aun cuando sabemos que el tiempo es limitado, que no puede recuperarse y que nadie conoce con certeza cuánto tiempo le queda, vivimos como si siempre hubiera algo más esperando para el día de mañana.
Es así como posponemos conversaciones, decisiones, proyectos y aprendizajes con una tranquilidad que no tendríamos ante ningún otro recurso tan valioso como el tiempo. Con el paso de los años he llegado a pensar que esta manera de relacionarnos con el tiempo, al igual que con otras áreas de nuestra vida, también tiene consecuencias en la educación.
Así, cuando se habla de tiempos efectivos de aprendizaje, la conversación se centra específicamente en aspectos visibles como el número de horas de enseñanza, la duración de las jornadas escolares, los calendarios académicos o el tiempo destinado a determinadas actividades curriculares. Estos temas, sin duda, son importantes, pero ¿qué ocurre cuando los estudiantes no perciben el tiempo como un recurso valioso para construir su propia trayectoria educativa?
La pregunta, a primera vista, puede resultar extraña, ya que todos los estudiantes reciben, en teoría, la misma cantidad de horas diarias de formación profesional, sin embargo, las trayectorias que construyen pueden ser completamente diferentes entre sí. Algunos desarrollan hábitos de estudio, consolidan aprendizajes, descubren intereses y avanzan de manera consistente hacia sus metas previamente trazadas, otros enfrentan mayores dificultades para sostener procesos de aprendizaje, organizar sus actividades o mantener el compromiso con sus proyectos académicos.
Las razones son múltiples: las condiciones económicas, familiares, institucionales y sociales influyen de manera determinante en las trayectorias educativas de los estudiantes y sería negligente atribuirlas únicamente al uso del tiempo (Tinto, 2012); no obstante, es preciso poner atención en la forma en que cada persona valora el tiempo disponible para aprender y con el que cada estudiante construye sus propios significados en sus trayectorias educativas, sobre todo, en esta época en la que las redes sociales, las plataformas digitales, los videojuegos, los servicios de entretenimiento y las múltiples notificaciones que recibimos cada día han transformado la manera en que distribuimos nuestro tiempo.
Ahora bien, no considero que estas herramientas sean negativas, ya que muchas de ellas ofrecen oportunidades para comunicarnos, informarnos y aprender si las utilizamos adecuadamente. El desafío surge cuando la atención se fragmenta de forma permanente y el tiempo destinado al aprendizaje comienza a competir con una enorme cantidad de estímulos socialmente diseñados para captar nuestra atención.
En ese escenario, un minuto de escuela adquiere un significado distinto porque representa una oportunidad concreta para construir conocimientos, desarrollar habilidades, formular preguntas, descubrir intereses o comprender mejor el mundo que nos rodea. Lo interesante es que el valor de ese minuto depende de la importancia que cada estudiante le atribuye según su propia perspectiva. De ahí que las trayectorias educativas se vean determinadas por pequeñas elecciones cotidianas relacionadas con el uso eficaz del tiempo.
La diferencia no siempre radica en el contenido académico ni en el docente; en ocasiones, está relacionada con la disposición, el interés y el valor que cada estudiante atribuye al tiempo que dedica a aprender (Kuh, 2009). Por ello, una de las consecuencias más profundas de los tiempos de aprendizaje poco efectivos es la pérdida gradual de la conciencia del valor del tiempo para construir una trayectoria educativa continua y, en última instancia, una trayectoria de vida del estudiante.
Esto suele pasar desapercibido, sin observar con claridad el momento exacto en que una persona deja de valorar el tiempo que tiene para aprender. Tampoco existe un indicador capaz de registrar las oportunidades perdidas, las preguntas que nunca se formularon o los conocimientos que no se construyeron, por esta razón, la discusión sobre los tiempos efectivos de aprendizaje no debería limitarse a contabilizar horas, jornadas o calendarios escolares, también debería invitarnos a reflexionar sobre la relación que estamos construyendo con el tiempo en los espacios educativos y en el hogar, después de todo, los estudiantes olvidarán fechas, fórmulas o contenidos aprendidos durante su paso por las aulas, pero lo que difícilmente olvidarán es la manera en que aprendieron a relacionarse con su propio tiempo, y tal vez ahí se encuentre una de las enseñanzas más importantes que la educación puede ofrecer.
Referencias Bibliográficas
Kuh, G. D. (2009). The National Survey of Student Engagement: Conceptual and empirical foundations. New Directions for Institutional Research, 141, 5–20. https://doi.org/10.1002/ir.283
Tinto, V. (2012). Completing college: Rethinking institutional action. University of Chicago Press.

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