Mtra. Alejandra Vela Bañuelos
Dra. Dora María Lladó Lárraga
La discusión educativa muchas veces gira alrededor de aspectos como la cobertura, la permanencia escolar, las calificaciones o el egreso, sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre una pregunta cada vez más común: ¿cuándo y dónde termina realmente el aprendizaje? Aunque la escuela tiene un principio y un final, los conocimientos, habilidades y experiencias adquiridos durante la formación educativa continúan influyendo en las oportunidades y decisiones de las personas mucho tiempo después de abandonar las aulas.
Las trayectorias educativas pueden definirse como el recorrido que realizan las personas a través del sistema educativo. No se limitan a la obtención de un título o certificado, sino que incluyen ventajas y desventajas que se acumulan en cada etapa del proceso formativo. La elección de una carrera, el acceso a becas, la participación en actividades extracurriculares, las pausas escolares o la continuidad de los estudios constituyen decisiones que pueden influir en el futuro (SEP, 2022).
Desde esta perspectiva, queda claro que la educación trasciende las aulas escolares. Sus efectos no se limitan a los años de formación, sino que acompañan a las personas más allá del egreso. Además de la educación tradicional, las personas incorporan de manera voluntaria nuevos conocimientos, habilidades y experiencias a lo largo de su vida, enriqueciendo continuamente su proceso de aprendizaje. Este proceso se relaciona con lo que hoy se conoce como aprendizaje permanente o lifelong learning. La educación, en todas sus expresiones, puede ampliar horizontes, generar capacidades, fortalecer redes sociales y abrir oportunidades laborales (Blanco, 2024); sin embargo, sus beneficios tampoco se distribuyen de manera uniforme entre todas las personas.
Durante gran parte de la historia, los roles tradicionales asignados a las mujeres limitaron significativamente sus oportunidades de acceso y permanencia en la educación y se puede observar claramente cómo las oportunidades educativas y las desigualdades asociadas a ella se extendieron a lo largo de distintas generaciones. Su formación estuvo orientada principalmente a las labores domésticas y al ámbito familiar, lo que limitó significativamente sus oportunidades de acceso, permanencia y desarrollo dentro de los sistemas educativos. El acceso a los estudios superiores era un espacio reservado para los hombres situación que redujo las posibilidades de las mujeres de desarrollar trayectorias educativas prolongadas y de acceder a mejores oportunidades profesionales y sociales.
En este contexto, Matilde Montoya superó diversas barreras y, con esfuerzo pudo abrirse paso en el espacio educativo, y así, convertirse en la primera médica mexicana, constituyéndose en un parteaguas en la educación superior, al abrir camino a nuevas generaciones de mujeres en espacios académicos tradicionalmente reservados para los hombres. Fue hasta los años 40 y 50 cuando se advierte mayor presencia femenina en instituciones del tipo superior incrementándose de manera sostenida en las últimas décadas, llegando a alcanzar la paridad en la matrícula y, en algunos campos de estudio, incluso a superar la participación masculina.
A partir de entonces, las trayectorias educativas femeninas comenzaron una transformación gradual. Este cambio representa uno de los avances sociales más importantes de las últimas décadas y demuestra que la educación puede modificar de manera sustantiva los proyectos de vida de las personas. A pesar de los logros alcanzados en el ámbito educativo, éstos no siempre se traducen en igualdad de oportunidades en otros espacios. Muchas mujeres enfrentan, después del egreso y en el plano laboral, brechas salariales, segregación ocupacional, dificultades para acceder a puestos de liderazgo y una distribución desigual de las responsabilidades de cuidado. Estos desafíos muestran que los efectos de la educación continúan manifestándose mucho después de concluir los estudios y que las oportunidades disponibles en otras etapas de la vida también influyen en los resultados alcanzados.
Para comprender este fenómeno resulta útil recurrir a la perspectiva del curso de vida desarrollada por el sociólogo Glen Elder (Elder, 1994). Desde este enfoque, las trayectorias de las personas se configuran mediante la acumulación de oportunidades y restricciones a lo largo del tiempo. Las ventajas y desventajas no aparecen de manera aislada, sino que tienden a acumularse y trasladarse de una etapa a otra, construyendo una trayectoria única para cada individuo.
De esta manera, una interrupción educativa, menores oportunidades laborales, salarios más bajos o una mayor carga de trabajo de cuidados a terceros pueden generar efectos que se extienden durante décadas. Estas experiencias influyen en las posibilidades de ascenso profesional, en la estabilidad económica y, eventualmente, en las condiciones que enfrentarán las personas durante la vejez.
Quizá uno de los ejemplos más claros de cómo el tiempo amplifica las ventajas y desventajas acumuladas es el momento del retiro laboral. Las trayectorias laborales intermitentes y los menores ingresos acumulados durante la vida activa suelen traducirse en menores niveles de protección económica al momento de la jubilación. En consecuencia, las desigualdades observadas en la vejez frecuentemente tienen su origen en procesos que comenzaron mucho tiempo atrás.
Comprender el tiempo de la educación implica reconocer que sus efectos trascienden los años de escolarización. Las oportunidades generadas por la educación así como las desigualdades que persisten pese a ella, forman parte de trayectorias más amplias que conectan la escuela con el trabajo, los ingresos, el bienestar y la calidad de vida. Lo anterior implica reconocer que aprender no es una experiencia limitada a la escuela ni a una etapa específica de la vida.
Si en tiempos de Matilde Montoya el desafío consistía en acceder a la educación superior, hoy uno de los principales retos es comprender que el aprendizaje no termina con la obtención de un título. La educación continúa moldeando las trayectorias de vida mucho después del egreso, generando oportunidades, pero también revelando desigualdades que se acumulan con el tiempo. Mirar la educación desde esta perspectiva permite reconocer que sus efectos trascienden las aulas y acompañan a las personas durante gran parte de su vida.
Referencias
Blanco, E. (2024). Movilidad social y educación en México: Evidencia reciente y desafíos. Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). https://ceey.org.mx/wp-content/uploads/2024/04/02-Blanco-2024.pdf
Elder, G. H., Jr. (1994). Time, human agency, and social change: Perspectives on the life course. Social Psychology Quarterly, 57(1), 4–15. https://doi.org/10.2307/2786971
Secretaría de Educación Pública. SEP (2022). Estrategia nacional para promover trayectorias educativas continuas, completas y de excelencia. Secretaría de Educación Pública. https://educacionbasica.sep.gob.mx/wp-content/uploads/2022/06/Estrategia-Trayectorias-ejecutivo_final_1.pdf

Dejar una contestacion
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.