Reorientar el camino: claves para consolidar la transformación educativa en México

Dra. Karla de Lourdes Alvarado Sánchez

Si bien es cierto que la implementación de la Nueva Escuela Mexicana en los planes y programas de estudio ha presentado desaciertos, es necesario reconocer su valor fundamental; la educación en el país ya no persigue únicamente la excelencia académica, sino el desarrollo integral y armónico de niñas, niños, adolescentes y jóvenes.

A través de la integración de valores, cultura, ciudadanía activa, desarrollo de habilidades socioemocionales y respeto a la diversidad, además de promover el trabajo en equipo y fomentar una construcción colectiva del conocimiento; este modelo busca consolidar una sociedad más justa, inclusiva y equitativa.

Según Meneses (2025), la NEM responde a la visión de una educación integral que promueve el desarrollo de todas las dimensiones de la persona desde la educación básica hasta la educación superior: es decir en todas las etapas educativas y formativas, desde el nacimiento hasta la juventud.  Por lo tanto, es fundamental brindar al individuo una atención integral en todas las etapas de su vida, asegurando que tengan acceso a educación, salud, nutrición, cultura y recreación de calidad.

La apuesta por este modelo educativo es disruptiva pues se atrevió a romper con la estandarización y la visión productiva del enfoque por competencias, para recordarnos que educar es un acto humano, comunitario, sensible a nuestra realidad y exige colocar al alumno en el centro del proceso educativo; articulando su bienestar emocional, su identidad cultural y su papel en la comunidad.

Sin embargo, los deficientes resultados de México en la prueba PISA 2025 nos muestran un escenario que verdaderamente es preocupante: el rezago en lectura, matemáticas y ciencias sigue latente. Este contraste, hace notar que las metas planteadas no se alcanzaron como se pretendía y por tanto nos falta dotar a nuestros alumnos de herramientas que les ayuden a comprender, cuestionar y transformar el mundo en el que habitan.

Lo anterior nos invita a reflexionar sobre las condiciones necesarias para consolidar los procesos hacia una verdadera mejora educativa, que permitan cerrar la brecha sobre el discurso pedagógico y los resultados tangibles en el aula. En este sentido, reorientar el modelo implica no renunciar a su enfoque humanista y comunitario, sino dotarlo de un sólido rigor cognitivo e instrumental con el fortalecimiento de habilidades clave en lectura, matemáticas y ciencias, asegurando que el desarrollo integral vaya de la mano con las herramientas analíticas que permitan fomentar en los estudiantes una mayor motivación y compromiso de adaptación a las exigencias actuales.

Intentos fallidos

Así mismo, sigue siendo un gran desafío el dotar a todas las escuelas públicas del país las condiciones dignas de infraestructura, conectividad, equipamiento tecnológico y materiales accesibles que garanticen a los alumnos entornos favorables de aprendizaje.

De igual forma, la inclusión educativa constituye un derecho incuestionable. Sin embargo, garantizarlo no se limita a ubicar a un alumno neurodivergente dentro de un aula común; estar matriculado no equivale a estar incluido, sino existen apoyos especializados y adecuaciones funcionales; implica transformar culturas institucionales, políticas, prácticas pedagógicas y sistemas de apoyo para que ese estudiante pueda aprender, participar y desarrollarse verdaderamente Según la UNESCO la inclusión requiere políticas coherentes, financiamiento, formación, infraestructura, cooperación entre sectores y mecanismos de apoyo. No depende solamente de la buena voluntad del docente.

La formación docente es indispensable, pero ningún curso ni actualización pedagógica puede transformar al docente en psicólogo, fonoaudiólogo, terapeuta ocupacional, especialista en conducta y cuidador exclusivo simultáneamente.

Por lo tanto, cuando una autoridad exige resultados sin garantizar condiciones, no está promoviendo inclusión; está trasladando responsabilidades.

La inclusión debe ser una política institucional, no una carga individual, por lo que cada decisión debería contemplar responsabilidades claras para directivos, supervisores, familias, equipos de orientación, profesionales externos y organismos estatales.

Del discurso a la práctica

Llevar esta teoría a la práctica enfrenta numerosos desafíos, pero también hay que decirlo con toda honestidad: ningún modelo pedagógico es una fórmula mágica. La transformación educativa se construye con los pies bien puestos sobre la tierra y la vista bien enfocada hacia el objetivo; pues si no atacamos de raíz las desigualdades estructurales; si las escuelas siguen sin insumos básicos y se abandona el acompañamiento continuo de estudiantes y docentes, el anhelo de una educación incluyente y formativa se quedará atrapada en el papel.

La realidad es contundente. Hoy el profesorado no solo enseña; cuida, gestiona, escucha, contiene crisis, resuelve urgencias, aplica programas, llena formatos, y atiende protocolos. Conforme se multiplican las exigencias sobre la labor docente, se diluyen las herramientas institucionales y el respaldo para ejercerla. La escuela ha terminado por convertirse en el único dique frente a las fracturas sociales que otros espacios no logran atender. Pero los resultados educativos de un país jamás han sido ni deben ser responsabilidad exclusiva del docente. Para formar mejores estudiantes, resulta urgente reconstruir la política educativa y un pacto social indispensable: empezando por la revaloración y dignificación del magisterio; el compromiso de los padres de familias en la responsabilidad compartida y recuperar el sentido de que aprender, exige constancia, esfuerzo y disciplina.

Por todo ello, la Educación de nuestro país tiene que ser un proyecto dinámico, flexible y en constante revisión, nunca una directriz rígida dictada desde un escritorio. Su verdadero arraigo depende de dialogar con la riqueza sociocultural de cada región, de escuchar las voces de los principales actores y de hacer fluir la política pública con las vivencias de cada comunidad. Solo al articular esa empatía pedagógica con el respaldo institucional y el enfoque que exige el proceso enseñanza-aprendizaje, sentaremos las bases de una transformación educativa como la de otros países desarrollados que sobresalen en el ámbito educativo.


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