Dra. Katya Flores Novelo
En los últimos años la manera de impartir clases ha cambiado; desde la pandemia el uso de la tecnología ha venido a quedarse. Sin embargo, incorporar herramientas digitales no es el único reto en las aulas. Hoy la enseñanza implica mucho más que la transmisión de contenidos. También supone generar espacios donde los estudiantes se sientan escuchados, seguros y parte del proceso educativo. En este contexto, el aula inversa se presenta como una estrategia que no solo apoya el aprendizaje, sino que también puede contribuir a construir ambientes más participativos y respetuosos.
Después de más de 14 años como docente en nivel medio superior, trabajando con jóvenes tanto en CBTIS como en CONALEP, he podido observar de primera mano cómo ha cambiado la educación y, sobre todo, cómo han cambiado los estudiantes. Recuerdo que al inicio de mi práctica docente las clases eran mucho más tradicionales: el maestro explicaba, los alumnos tomaban apuntes, realizaban ejercicios y, en la mayoría de los casos, eso bastaba para avanzar. Había una dinámica distinta dentro del aula y los estudiantes respondían mejor a ese modelo.
Hoy la realidad es muy diferente. Nuestros alumnos están inmersos en un mundo completamente digital. Viven rodeados de información inmediata, de videos cortos, de contenido visual y de herramientas tecnológicas que procesan a gran velocidad. Esto ha modificado su forma de aprender. Mantener su atención durante largos periodos con una clase únicamente expositiva resulta cada vez más complicado. Además, cuando no se sienten parte de la clase, simplemente se desconectan.
A lo largo de estos años he aprendido que no se trata de resistirse al cambio, sino de adaptarse. En esa búsqueda, estrategias como el aula inversa han cobrado sentido, ya que permiten reorganizar el tiempo en clase y favorecer una participación más activa. Incluso se ha señalado que este enfoque puede mejorar la comprensión y el involucramiento del estudiante cuando se aplica de forma adecuada (Prieto et al., 2021).
Desde mi experiencia, el aula inversa consiste en que los alumnos tengan un primer acercamiento al contenido antes de la clase, mediante materiales sencillos como videos o lecturas breves. Así, el tiempo presencial se aprovecha para trabajar de manera más activa. Aunque parece un ajuste pequeño, en la práctica transforma la dinámica del grupo.
Cuando los estudiantes llegan con una idea previa, se sienten más seguros para participar. Ya no parten completamente de cero, lo que reduce la inseguridad y el miedo a equivocarse. Esto abre la posibilidad de que la clase se convierta en un espacio de diálogo, donde no solo el docente habla, sino donde también los estudiantes opinan, preguntan y construyen junto con otros.
He notado que incluso alumnos que normalmente participan poco comienzan a hacerlo cuando sienten que tienen algo que aportar. Esto no ocurre de inmediato, pero poco a poco se genera un ambiente más participativo. Y cuando hay participación, también hay mayor respeto, porque los estudiantes empiezan a escucharse entre ellos. Son cambios pequeños, pero impactan directamente en la convivencia.
En asignaturas como Lenguaje y Comunicación, esto resulta especialmente valioso. El trabajo con textos, la interpretación y el análisis se enriquecen cuando hay intercambio de ideas. El aula inversa permite dedicar más tiempo a pensar, dialogar y construir, en lugar de centrarse únicamente en la explicación. Este enfoque coincide con propuestas que buscan hacer del aula un espacio más activo y centrado en el estudiante (Santiago & Bergmann, 2018).
Sin embargo, también hay retos que no se pueden ignorar. En contextos como CBTIS o CONALEP, no todos los estudiantes tienen acceso constante a internet o dispositivos. Algunos comparten celular y otros tienen conectividad limitada. Esto obliga a adaptar la estrategia y a trabajar con materiales accesibles. No se puede hablar de justicia en la educación sin considerar estas condiciones.
Además, no todos revisan los materiales previos. Por distintas razones, algunos no cumplen con esa parte. Con el tiempo he aprendido que la clave está en darle sentido: cuando lo que revisan se utiliza en clase, cuando les ayuda a participar o a comprender mejor, es más probable que se involucren. Si no hay esa conexión, simplemente dejan de hacerlo.
Como docente, esto también implica un cambio personal. Después de tantos años trabajando de cierta manera, modificar la planeación y la dinámica de clase no siempre es sencillo. Requiere tiempo, disposición y, en ocasiones, ensayo y error. Pero también forma parte de nuestro propio proceso de aprendizaje.
Hablar de bienestar, justicia y construcción de paz dentro de la escuela puede parecer algo muy amplio, pero en la práctica comienza con acciones concretas. Generar un espacio donde el estudiante pueda participar, donde se sienta escuchado y donde el aprendizaje tenga sentido, es una forma real de avanzar en esa dirección.
En conclusión, después de más de una década de experiencia docente, puedo decir que la educación ha cambiado y nosotros también debemos hacerlo. Adaptarse no siempre es sencillo, pero es necesario si queremos seguir conectando con nuestros alumnos. El aula inversa, aplicada de manera flexible y acorde al contexto, puede contribuir no solo al aprendizaje, sino también a la construcción de espacios más humanos dentro del aula. Porque al final, educar no es solo transmitir contenidos, sino también formar personas capaces de convivir y construir en colectivo.
Referencias
- Prieto, A., Barbarroja, J., Álvarez, S., & Corell, A. (2021).
Eficacia del modelo de aula invertida en la enseñanza universitaria: Una síntesis de las mejores evidencias. Revista de Educación, 391, 149–177. - Santiago, R., & Bergmann, J. (2018).
Aprender al revés: Flipped Learning 3.0 y metodologías activas en el aula. Barcelona: Paidós Educación.

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