Dra. Martha Maricela Galicia Lira
En mi andar por la docencia, recuerdo las veces que no quería ir a trabajar, los momentos en los que estuve a punto de renunciar y aquellos días en los que me sentí incómoda, incompetente, incapaz o llegué a pensar que no tenía las habilidades necesarias para enseñar. Al mirar hacia atrás, comprendo que ese sentir no siempre estaba relacionado con mi capacidad profesional, sino también con la inseguridad emocional que experimentaba en determinados ambientes de trabajo. Había momentos en los que las circunstancias me hacían dudar de mí misma, de mis decisiones y mi lugar dentro de la escuela.
Sin embargo, también recuerdo experiencias muy distintas: aquellas en las que me sentí parte de un equipo, valorada como persona y reconocida como profesional; momentos en los que mi opinión era escuchada y sabía que mis alumnos, los padres de familia y mis compañeros confiaban en mí. No porque tuviera todas las respuestas, sino porque procuraba actuar con congruencia, escuchar con atención y hacer sentir a los demás respetados y considerados. Fue en esas experiencias donde comprendí que el liderazgo no es ocupar un cargo y dar indicaciones; se expresa en la confianza que somos capaces de construir y en la manera en que hacemos sentir a quienes nos rodean.
Desde esas vivencias, a partir lo que he experimentado como maestra y lo que hoy observo en la vida escolar, considero necesario tener mente abierta sobre la calidad educativa. Centrar la atención en los resultados académicos, los programas de estudio, las estrategias didácticas y la preparación del profesorado, son elementos son indispensables; no obstante, existe otro factor que atraviesa nuestra labor todos los días y que, aunque no siempre se hace visible, influye en lo que podemos lograr: las relaciones que construimos quienes formamos parte de una institución educativa.
Por ejemplo, en una jornada habitual en cualquier escuela; es posible ver a los maestros impartir clases, los orientadores atendiendo situaciones imprevistas, a los directivos participar en reuniones, a quienes organizan proyectos, cumplen comisiones y buscan resolver las necesidades que surgen. Todo ocurre en un mismo espacio, donde convergen distintas experiencias, expectativas, formas de pensar y maneras de entender la educación. En medio de esa dinámica, también se construye algo fundamental: el clima organizacional.
En mi senda profesional estoy convencida que, una escuela puede contar con docentes altamente capacitados, planeaciones fundamentadas en las metodologías sociocríticas y proyectos interdisciplinarios bien estructurados; sin embargo, si en su interior las relaciones están cimentadas en la desconfianza, la comunicación deficiente o los conflictos sin resolver, el trabajo colectivo pierde fuerza. Por el contrario, cuando existe respeto, claridad en las responsabilidades y disposición para colaborar, las dificultades pueden convertirse en oportunidades de aprendizaje y mejora.
He aprendido que no basta con saber qué debemos hacer; también importa cómo nos organizamos, cómo nos tratamos y qué tan acompañados nos sentimos para hacerlo. Entonces… la transformación educativa comienza desde dentro, porque la manera en que nos relacionamos también influye en lo que somos capaces de construir juntos.
El clima organizacional no depende únicamente de las grandes decisiones directivas. Se manifiesta, sobre todo, en los pequeños actos de la vida cotidiana: cuando una indicación se comunica con claridad, una propuesta encuentra un espacio para ser escuchada, se reconoce el esfuerzo de un compañero o las responsabilidades se distribuyen con criterios justos. De la misma manera, se deteriora cuando los acuerdos no se cumplen, las decisiones no se explican o las diferencias profesionales terminan convirtiéndose en conflictos personales.
Al reflexionar sobre estas situaciones, considero necesario mirar más allá de las conductas individuales y preguntarnos qué está ocurriendo dentro de la organización. A partir de aquí, el acompañamiento educativo adquiere un sentido especial: no se trata de resolver todo por los demás, sino de generar condiciones para que las personas reconozcan sus áreas de oportunidad, asuman compromisos y encuentren alternativas para mejorar.
He comprendido también que una escuela es, ante todo, una comunidad humana. Por ello, un clima organizacional favorable necesita confianza para expresar desacuerdos, apertura para proponer alternativas y disposición para resolver las dificultades sin recurrir a la descalificación. No necesitamos pensar igual ni compartir siempre las mismas opiniones; necesitamos aprender a dialogar, reconocer nuestras diferencias y mantener un propósito común: el bienestar y el aprendizaje de nuestros estudiantes.
Esta reflexión cobra todavía mayor importancia cuando recordamos que los alumnos también aprenden de la manera en que los adultos nos relacionamos. Cuando observan diálogo, respeto, responsabilidad y disposición para llegar a acuerdos, encuentran ejemplos concretos de convivencia. En cambio, cuando presencian imposiciones o enfrentamientos constantes, reciben mensajes contradictorios respecto de los valores que buscamos enseñar. Así, las relaciones entre quienes trabajamos en la escuela también forman parte de su experiencia educativa, aunque no estén escritas en ninguna planeación.
En este proceso, la dirección escolar tiene una responsabilidad importante. Desde mi manera de entender el liderazgo, dirigir una institución implica generar condiciones para que el personal comprenda los objetivos institucionales, participe en la búsqueda de soluciones y encuentre sentido en el trabajo compartido; es decir, misión, visión y valores compartidos.
Y si cuidamos a los maestros, también educamos. Esta idea me lleva a reconocer que la sobrecarga de actividades, la falta de reconocimiento y la distribución poco equitativa de las tareas pueden afectar la motivación y la disposición para participar en proyectos colectivos.
A veces, mejorar el ambiente de trabajo comienza con acciones que parecen sencillas: reconocer el esfuerzo de un compañero, atender oportunamente una inconformidad, explicar el sentido de una decisión, revisar la distribución de las tareas o abrir espacios para escuchar las propuestas del personal. No son soluciones mágicas, pero sí prácticas que pueden fortalecer la confianza y el sentido de pertenencia. En mi experiencia, los cambios más significativos no siempre comienzan con grandes proyectos; en ocasiones, empiezan cuando alguien decide escuchar de otra manera, actuar con congruencia o reconocer que también necesita aprender.
Por supuesto, un buen clima organizacional no garantiza por sí solo mejores resultados, pero sí la oportunidad de crear nuevos aprendizajes.

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