Lic. Mirel Rojas Fernández
Hablar de la educación superior en México es un espacio que ayuda al desarrollo profesional, personal e intelectual de cada individuo. Sin embargo, es un escenario donde los estudiantes enfrentan distintas demandas, ya sea de académicas, económicas o sociales, el cual genera implicaciones emocionales significativas.
Ingresar a la educación superior es determinante para la vida de los individuos que buscan una profesión, el cual, implica dinámicas como la autonomía, adaptación social e incluso la toma de decisiones. Si bien, la universidad es un proyecto que busca ampliar el conocimientos y horizontes también se puede convertir en presión, incertidumbre, ansiedad y desgaste emocional.
“Se hace necesario el reconocimiento de las emociones y el desarrollo de una inteligencia emocional para hacer frente a un mundo con diversas exigencias, lo cual permitirá que los procesos formativos propios de la educación superior no se vean afectados” (Jiménez, 2024, pág. 63)
La autora subraya que la educación superior ya no puede concebirse como un espacio que solamente transmite conocimientos, si no, algo más profundo y humanista, como que los estudiantes cuenten con las herramientas emocionales adecuadas que le permitan gestionar de mejor manera la presión y pueda mantener una disposición saludable hacia el aprendizaje.
La capacidad de identificar, comprender y regular las propias emociones es lo que se puede denominar inteligencia emocional, este se convierte en un recurso fundamental para evitar una afectación en el desempeño académico.
Entonces el papel de las instituciones de educación superior aspira a formar profesionistas íntegros y ciudadanos que sean funcionales en la vida cotidiana pero también deben asumir que el desarrollo emocional es tan importante como la adquisición de conocimientos teóricos o prácticos.
Desde los inicios de la escuela, se ha enfocado en que los alumnos estén enfocados en el desarrollo de las habilidades cognitivas y muy poco en el desarrollo socioemocional, ya que hace poco todavía correspondía que la formación emocional era en el ámbito familiar que al escolar y que como manejaban su carácter y personalidad determinaba como viven. (Jiménez, 2024)
Para ello, se deben implementar estrategias pedagógicas y didácticas que fomenten una mejor salud emocional, donde la empatía, la autorregulación, el trabajo en equipo y la resistencia sean indispensables y atiendan las necesidades de cada uno de los estudiantes.
Esto no implica disminuir el rigor académico, sino ser un complemento que incluya la incorporación de contenidos socioemocionales en los planes de estudio, promover ambientes respetuosos donde se oriente y escuche, ya que es mas probable que desarrollen resistencia y mantengan la motivación frente a las adversidades.
Formar estudiantes emocionalmente competentes es tan necesario y relevante como dotarlos de conocimientos teóricos, así podrán convertirse en profesionistas capaces de enfrentar las exigencias con sensibilidad y criterio.
La buena escuela será aquella que no solo te enseñe a pensar si no también a vivir y gestionar. Integrar lo emocional no solo ayudara a tener un rendimiento académico si no construir seres humanos plenos.
REFERENCIA BIBLIOGRAFICA
Jiménez Jiménez, M. C. (Comp.). (2024). Desafíos y perspectivas de la educación superior en México. Colegio Mexiquense de Estudios Psicopedagógicos.

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