Hacia una educación incluyente, reflexiva y diversa.

Mtro. Hamlet Antonio García Zúñiga.

La crisis sanitaria provocada por la expansión masiva y mundial del virus SARS-CoV-2 causó que emergieran de lo más profundo de las sociedades problemas y actitudes que nos aquejan desde hace mucho tiempo. Por ejemplo, se ha escuchado (ver todavía nos cuesta trabajo), no con la frecuencia e insistencia que merece el caso, sobre la llamada brecha económica, laboral y educativa en la que viven comunidades indígenas y rurales, así como amplios sectores urbanos “periféricos” del país. En este contexto de visibilizar lo oculto, el sistema educativo no ha sido la excepción.

En efecto, se ha visto con pesar, no obstante los esfuerzos institucionales, cómo el ciclo escolar de este y el próximo año corren el riesgo de marcar seriamente, en más términos negativos que positivos, a la infancia y juventud mexicanas. Es cierto que a todo el mundo esta circunstancia histórica los ha tomado por sorpresa, pero es lamentable que se siga, a estas alturas, reaccionando y no planificando, lo cual conlleva una falta de análisis, así como de imaginación para diseñar soluciones de impacto real. Pareciera que no se esta aprendiendo de la lección. Las voces que claman por un regreso a la normalidad o que la nombran como algo nuevo, únicamente debido al hecho temporal de fin e inicio de un ciclo, deben reconocerse, como se hacía en la antigüedad, como canto de sirenas.

Lo anterior es sumamente grave, pero es el reflejo de lo que se tiene y en la educación no es diferente. En este caso, hay que reconocer, en principio, dos circunstancias muy preocupantes: primero, que en México la sociedad va en una ruta opuesta a la educación y, segundo, que ésta se encuentra orientada en un sentido contrario a las necesidades del país. Por si fuera poco, hay que añadir que existe un rechazo generalizado por adquirir conciencia de la realidad que golpea día con día. Explicando (sucintamente y con algunos cuantos ejemplos): las y los docentes sufren continuamente de maltratos, amenazas y agresiones; no solamente de estudiantes y familiares, sino, incluso, de parte del área directiva de sus escuelas. Por otro lado, el mercado laboral continúa saturándose en ciertos campos y aquellos que son prioritarios carecen de interés y atención. Finalmente, la discriminación, en todas sus facetas, sale a relucir a la menor provocación.

De esta contingencia (sanitaria, social, laboral y económica) se tiene que salir con aprendizajes. No se puede persistir en los errores. Es imperante que se reformule la educación, su sentido, su alcance y su valor. La visión para esta tarea es, necesariamente, a largo plazo. Se debe de afrontar el reto de una educación verdaderamente formativa, aplicada e incluyente. El tiempo de cambiar de rumbo según sea la dirección en que sople el viento y que afectó enormemente, por lo que hay que dejarlo atrás. La educación que nos espera no tiene que ser la misma, tampoco tiene que estar inmersa en un estado de conflicto. Ésta es la principal misión como docentes, como estudiantes y como sociedad.

Desde el comienzo de la pandemia se entendió que el punto en el que se requería ocuparse era la asistencia al aula. El gobierno, en los niveles federal y estatal, básicamente, propuso la alternativa de la virtualidad (no voy a decir algo que no se sepa). Muchas fueron las críticas y los señalamientos de inequidad y diversidad de situaciones. Con el paso del tiempo no se reformuló esta visión. Si esto llega a modificarse, va a ser, únicamente, para implementar mejoras técnicas. En este sentido, lo importante no se estaría atendiendo.

Me gustaría que para el futuro tuviéramos una educación en esencia reflexiva y crítica hacia el exterior, pero también hacia ella misma. Lo que a continuación se plantea se deriva de todo lo hasta aquí expuesto. Es la educación que se desearía. ¿Estará peleada con la educación que nos espera? No sé, pero como en la vida, yo espero lo que deseo y deseo lo que espero.

Al principio se anotó que la educación no sigue el camino de lo que se necesita en el país y que esto se agrava al considerar que no solemos ser conscientes de nuestra realidad. Sin duda, requerimos de generación de riqueza, así como de una distribución justa y equitativa. La situación por la que atravesamos nos ha ofrecido la posibilidad de vivir de lo local y de innovar. Por tanto, se puede pensar en desarrollar y, tal vez, competir en nuevos escenarios; el de la tecnología es un buen ejemplo. La educación sería vital para este propósito. En ella no sólo se propondría enseñar y discutir procesos técnicos; también analizar prioridades de desarrollo y, sobre todo, insistir en la inclusión equitativa de género. Las niñas, jóvenes y adultas mexicanas no pueden proseguir educándose, viendo cómo sus vidas peligran diariamente y padeciendo la inmunidad que otorga el sistema. La educación no puede ir hacia un lado y la sociedad hacia otro.

Asimismo, por último, ¿qué se va a hacer en las comunidades con fuertes rezagos de acceso social? La educación está obligada a considerar de otra manera los programas interculturales y bilingües; es urgente frenar la desaparición de lenguas, así como brindar oportunidades de participación acorde con las necesidades y las formas de explicar el mundo de las sociedades indígenas.

Mtro. Hamlet Antonio García Zúñiga

kalixtogonzalez@gmail.com

  • Maestro en Lingüística Hispánica por la Universidad Nacional Autónoma de México.
  • Maestro en Metodología de la Ciencia por el Instituto Politécnico Nacional.

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